28.Mayo.03
Al final del día

-¿Pero qué hiciste, estúpido? -
Mara se dolía del hombro baleado por Julio, tendido en el suelo, herido ; un suelo rojo por el plasma derramado, sangre que envolvía los segundos y los minutos, escondiéndolos de la razón y volviendo eterno el momento.
-¡No me dejes! - gritó él - ¡No me dejes, Mara! ¡No quiero irme solo!-.
Ver a Julio era decepcionante: débil, falto de ese valor y ese coraje que habían enamorado a Mara años atrás; presa del pánico lloriqueaba como un niño ante la impotencia, ante la cercanía de la muerte mientras su compañera hacía lo imposible por ayudarlo a pesar de sus nulos conocimientos sobre primeros auxilios, haciendo solo lo que su instinto le indicaba hasta que recibió el impacto de la bala.
-¡Compórtate como hombre, Julio!- le exigió ella- Si te vas a morir hazlo con dignidad, carajo -
-¡Maraaa!- gimió el herido- Mara, ¿me quieres?-
Ella caminaba desesperada de un lado a otro, doliéndose del hombro, respirando agitada; buscando la puerta que le permitiese salir del embrollo.
-¿Qué?- respondió sin entender del todo la pregunta.
-¿Me quieres? – insistió él.
- Ay, Julio- se compadeció.
-¡Que si me quieres, carajo!- gritó el herido dejando escapar una lagrima que se perdió entre el mar rojo de sangre y sudor.
- Sí, Julio- sollozó ella - Te quiero mucho -.
El logró enderezar el dorso un poco.
- Si de verdad me quieres, matame- le extendió el arma- Ayúdame, me estoy muriendo-
Mara solamente dirigió su mirada hacia el y sin moverse de su sitio preguntó:
-¿Qué dices? -
-Mátame-

Durante unos segundos que parecieron una eternidad, el silencio se convirtió en el dueño de la atmósfera de la vieja bodega utilizada como refugio por la pareja.
-¡Que me mates! Vuélame los sesos, desgárrame el corazón, lo que sea. Lo que quieras, pero ya no me dejes sufrir- rompió a llorar Julio.
-¡Cállate! No sabes lo que estás diciendo-
-Tú eres la que no sabe lo que estoy sintiendo -.
-Guarda tus energías para ahora que nos vayamos de esta pocilga y buscar un buen doctor que te ayude a recuperarte de la herida y después...-
-No me mientas, Mara – sollozó - No me tengas lástima, por favor. Yo se que me voy a morir, tengo hecho trizas el estómago, mírame. Cada segundo pierdo más sangre, gota tras gota; aunque ya ni siquiera se que es lo que corre por mis venas, sangre o alcohol -
fingió reir.
-Julio, calla por favor - le dijo ella, seca, preocupada - No te muevas, pronto encontraremos el momento ideal para largarnos de aqui-
-Mátame, Mara - suplicó él.

Ella fingió no escucharlo. De pronto había caido en una etapa en la que no sabía exactamente su sentir; a momentos el peso de no poder hacer nada por ayudarlo y escapar se apoderaba de su cuerpo y de su mente, a veces deseaba que ya estuviese muerto para asi no escuchar sus desvaríos y huír, sola, a algín lugar donde nadie la conociera ni preguntara de donde venía, el porqué había dejado la ciudad, el porqué estaba sola, sin familia, sin amigos, sin dinero. Sin Julio.
El herido solamente dejaba salir, sigilosos, algunos ruidos de su garganta y permanecía con los ojos cerrados, la cara cubierta por la sangre que transportaba entre sus manos del estómago al rostro y a sus cabellos, tiesos, azulados por el plasma y los rayos del sol que escapaban a las agrietadas láminas del techo, creando un espectro de colores que solo confundían más la mente de la mujer.
Intentó alejarse de él, pero la vista siempre la obligaba a cuidar de su pareja por cerca o retirada que estuviese de ella. Estaba desesperada por no encontrar la solución más rápida y viable; se sentía desecha emocionalmente por estar perdiendo al hombre que más quería en el mundo. Mara se hacía amiga, sin darse cuenta, del dolor y la desesperanza.
Lloró por largo tiempo, no supo cuanto, pero al volver la mirada hacia el pequeño resquicio por donde la luz penetraba en el momento en que llegaron se había apagado, cómplice de la noche oscura que desenvolvió de golpe todos sus miedos. Quizá lo mejor era alejarse de todo y de todos, siguió pensando, empezar de nueva cuenta ; dejar atras esa etapa en la que solamente vagó por la vida, sobreviviendo. ¿Y si se entregaban a la policia? Julio recibiría atención médica y tendría la oportunidad de salvarse y, tal vez, algún dia reencontrarse para disfrutar el resto de la vida juntos.
La herida ya no le dolía; la hemorragia se había detenido y podía sentir el desagradable olor a sangre seca que convirtió su ropa en una masa pegajosa que se ceñía al cuerpo constantemente. Solamente era cuestión de encontrar un lugar donde lavarse y quedaría como si nada hubiera pasado.
Mara se levantó y llegó hasta el lugar donde Julio respiraba cada vez más debil y, recargada en la pared, lo observó por algunos minutos. A paso lento se acercó hasta él e hincándose levantó su cabeza y le acarició pelo.
-Te quiero mucho- le dijo besándo su frente, apenas tocándolo con sus labios.
Se levantó y sin voltear atrás una sola vez salió de la bodega, dejando a su pareja en las manos de Dios y decidida a terminar ella sola con la farsa de una vida tranquila para hacer realidad una vida decente.
Julio tuvo la fuerza suficiente para entreabrir los ojos y verla alejarse hacia la puerta, con la pistola en su mano derecha; la misma con la que no quiso matarlo, quitarlo de sufrir los incesantes dolores de su hígado destrozado. La vió más bella que nunca, quizá sabía que era la última vez. Lleno de ella, se dejó llevar, libre, entre las manos de la muerte.
Murió convencido de que ella se había convertido en la mujer de su vida, arrepintiéndose de haber planeado el robo al banco que les costó su felicidad, de haberle disparado ante el terror que le producía el faltar a ese juramento de "hasta que la muerte los separe". Le dolía partir sin conocer el resultado de los exámenes de Mara para comprobar si estaba embarazada o no. "Después" le había dicho ella, "te voy a tener en suspenso hasta que seamos millonarios". El después no alcanzó a llegar y Julio murió sin conocer la verdad. Sin imaginar siquiera el futuro de su mujer, de su hijo si existía. Sin escuchar los disparos con que la policía, según reseñarían los diarios a la mañana siguiente, acribilló a la "asaltante desquiciada que intentó atacarlos por la espalda". Una historia que se apagó en la oscuridad, como el final del dia.

Zelig